sábado, 7 de abril de 2018

Desde el Real de la muy fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo


STALIN EN EL AVERNO



Desde la ventana del estudio observo la llegada del otoño. Éste se hace presente con su séquito de hojas amarillentas y secas que juegan dibujando remolinos en las anchas veredas de la avenida Brigadier General Juan Antonio Lavalleja. El nombre de un hombre noble y valiente que trae la nostalgia de la Patria Grande con su formidable espacio geopolítico que Su Majestad Católica Carlos III llamó “Virreinato del Río de la Plata” dentro del Reino de Indias.

Sentado frente al escritorio medito sobre un tema para el querido Blog que lleva el título egregio de “CABILDO”. Sin pensar mis ojos se detienen en el calendario del cual pende una hoja que ya está por caer y que pertenece al mes de marzo del Año de Gracia 2018. La observo, y cuando miro, lunes 5, pienso inmediatamente que 65 años atrás moría Stalin, el amo bolchevique protegido a ultranza por las oligarquías plutocráticas internacionales y al que, los Tripuntes Hermanos Roosevelt y Churchill, salvaron de la derrota que le infringía el Eje Roma Berlín. Momentos en que las tropas del Pacto Antikomintern eran recibidas con ramos de flores. Al puño cerrado bolchevique se oponía el brazo en alto y la palma abierta.

En esos años la prensa democrática capitalista y esotérica convirtió al que había asesinado a diez millones de campesinos kulaks en mito redentor. El georgiano de frente estrecha, cabellos negros y abundantes con fisonomía mogólica. Había mucho en el sujeto ‒dice un biógrafo‒ de felino sobre todo su forma de caminar. Éste era, para las “democracias de Occidente”, la esperanza de un mundo mejor que parecía estar a la vuelta de la esquina en la segundo lustro de los cuarenta. La fórmula ideal ya la tenían los alquimistas. Se componía de esta manera: democracia relativista e irracional con el ingrediente marxista del “buen tío Joe” (Roosevelt dixit en febrero de 1945).

Pero eso no fue todo. En las cenas pantagruélicas de Yalta y en medio de ríos de champagne regalaron la mitad del mundo al látigo Knut del discípulo de Vladimir Ilich Ulianov Blank el semi-judío con cabeza y faz de demonio que se hacía llamar, Lenín por sus seguidores. Sin embargo lo dicho no es para nada suficiente, porque el camarada lector merece una ficha más extensa del sátrapa de la utopía absurda que entró en el averno hace seis décadas y un lustro. La prometemos para otro capítulo. Si pensamos en los círculos infernales de Dante Alighieri en su maravillosa “Divina Comedia” deberíamos dividirlos en varias partes porque cada uno de ellos tiene derecho para poseerlo. Observemos a Iósif (José) Vassarionovich Dzhugashvili que, el mundo conoció como STALIN, el seudónimo que significando en ruso “Acero”, lo caracterizó en su vida de terrorista y taumaturgo leniniano. La documentación lo da como nacido en Goti, Georgia, el 21 de diciembre de 1879 y muriendo, en su dacha de Moscú, como ya dijimos, el 5 de marzo de 1953 en medio de una lucha interna contra los que él llamaba “asesinos de Bata Blanca”, los cuales eran, un grupo de médicos judíos, a los que se acusaba de la muerte extraña, acaecida durante varios años, a diferentes jerarcas del régimen soviético.


Nos tuvo Dios de su mano, cuando en estos días, encontramos en librería de lance un tomo de Editorial Planeta fechado en 1967 traducido por Augusto Vidal y titulado “Rusia, mi padre y yo”. Allí se puede leer una larga entrevista a Svetlana Stalin, hija del viejo zorro bolchevique. Leamos párrafos fundamentales.


“…Después de mi regreso de Georgia sólo vi dos veces a mi padre. Ya he que contado cómo, en el aniversario del Octubre Rojo, fui a verlo a la dacha con mis hijos. Luego estuve en su casa el 21 de diciembre de 1952, día en que cumplió setenta y tres años. Fue entonces, cuando lo vi por última vez. Tenía mal aspecto aquel día. Por lo visto, experimentaba los signos de alguna enfermedad, tal vez hipertonía, pues de golpe había dejado de fumar de lo cual se enorgullecía mucho. Mi padre llevaba fumando no menos de cincuenta años. Evidentemente se notaba un aumento de presión sanguínea, pero no había médico: Vinogradov estaba detenido, y mi padre no confiaba en nadie que se acercara como galeno. Tomaba, según su buen entender, unas píldoras, echando una gotas de yodo en un vaso de agua. No sé de donde había sacado aquellas recetas caseras; mas, por otra parte, hizo cosas incomprensibles: dos meses después, veinticuatro horas antes de sufrir la congestión cerebral, se metió en el baño ruso (se lo había construido en la dacha, en una casita aparte) y estuvo exponiéndose al vapor y azotándose con una escobilla según la vieja costumbre siberiana. Ningún médico se lo habría permitido, pero no había médicos a su alrededor”.


“El «proceso de los médicos» tuvo lugar durante el último invierno de la vida de mi padre. Valentina Vasilievna, que servía la mesa durante los almuerzos oyó discutir la cuestión, y me contó más tarde que mi padre estaba muy disgustado por el giro que tomaban los acontecimientos. Mi padre decía que no creía en la deshonestidad de los médicos. Todos los presentes, como de costumbre se limitaban a callar”.


“De todos modos es necesario extraer de sus relatos algunos granitos de buen sentido pues ella estuvo en la casa de mi padre durante dieciocho años. Me fui, quise volver el domingo pero el sistema era complicado. Primero había que llamar al «Oficial de Guardia» quien decía: «hay movimiento» o bien «por ahora no hay movimiento», lo cual significaba que mi padre dormía o leía en su despacho y que no andaba por la casa. Cuando «no había movimiento» no se debía llamar por teléfono; y el caso era que podía estar durmiendo a cualquier hora a pleno día. Su régimen de vida era completamente anárquico. En la mañana del 2 de marzo de 1953 me llamaron cuando estaba en las clases de la Academia y me ordenaron que fuera a Kuntesov (localidad cercana a Moscú donde Stalin tenía de sus casas de campo (dacha). Aquellos fueron días terribles. La sensación de que algo estable y sólido se había desplazado de su sitio y se tambaleaba, se apoderó de mí en el momento que fueron a buscarme a la Academia y me comunicaron que Malienkov me pedía que fuese a Blihznaia. (Llamaban así a la zona próxima a Moscú y a la casa de campo ‒dacha‒ que tenía mi padre en Kuntsevov a diferencia de otras más lejanas)”.


“Ya era increíble que alguien que no fuese mi padre me invitara a que fuese a verlo. Durante todo el camino experimenté un raro sentimiento de confusión. Cuando hubimos cruzado la puerta del jardín y en el camino a la casa, Jruschov y Bulganin me indicaron que pasara. Dentro en el vestíbulo noté que algo había cambiado: en vez del silencio habitual se notaba un silencio profundo; alguien corría atareado. Cuando por fin me dijeron que mi padre había sufrido una embolia y no había recobrado el conocimiento, hasta sentí cierto alivio pues ya lo creía muerto. Me contaron que al parecer, había sufrido un ataque por la noche: le habían encontrado aquí mismo, sobre la alfombra, junto al diván y habían decidido trasladarlo a otra estancia, al diván donde solía dormir. «Ahora está allí con los médicos, puedes pasar»".


“Yo escuchaba sumida en un estado de semi inconciencia. Sólo me daba cuenta de una cosa: él se estaba muriendo ante mis ojos. Y durante los tres días que pasé allí era evidente para mí que no podía ser de otro modo. En la gran sala donde yacía se aglomeraba mucha gente, los médicos desconocidos que veían al enfermo por primera vez, los académicos (V. N. Vinogradov, que había cuidado a mi padre durante años se hallaba en la cárcel) estaban muy agitados, le aplicaban sanguijuelas en la nuca y en el cuello, le hacían cardiogramas y radiografías de los pulmones; una enfermera le aplicaba inyecciones mientras uno de los médicos anotaba con todo detalle el curso de la enfermedad. Todos se afanaban en salvar una vida que ya no era posible salvar. De un centro de investigación trajeron un aparato de investigación para hacer la respiración artificial y con él llegaron unos jóvenes especialistas. Probablemente fuera de ellos nadie lo habría sabido utilizar…”


“La muerte de mi padre fue terrible y difícil. Aquella era la primera muerte que yo presenciaba. DIOS CONCEDE UNA MUERTE FACIL A LOS JUSTOS (subrayado nuestro). Un derrame cerebral se va extendiendo gradualmente hacia todos los centros y, si el corazón es fuerte y sano el derrame se apodera poco a poco de los órganos de la respiración hasta que el paciente muere por asfixia. La respiración de mi padre se aceleraba cada vez más. En las últimas doce horas se veía claramente que el hambre de oxígeno aumentaba cada vez más. El rostro se le oscureció y se le alteró, los rasgos se le iban desfigurando, los labios se ennegrecieron. Durante la hora o las dos últimas horas, el hombre se fue ahogando en una agonía espantosa. Se asfixiaba a la vista de todos. Hubo un instante ‒no sé si fue realidad o nos pareció‒ por lo visto ya en el último momento en que abrió los ojos y recorrió con la mirada a cuantos nos hallábamos a su lado. Fue aquella una mirada horrible, una mirada de locura, de cólera tal vez, y de pavor ante la muerte y ante los desconocidos rostros de los médicos que se inclinaban ante él. Aquella mirada se posó en todos durante una fracción de segundo. Y entonces ‒aquello fue incomprensible y aterrador, aún sigo sin comprenderlo, mas no puedo olvidarlo‒ entonces alzó de pronto la mano izquierda (la que conservaba movimiento) y pareció como si señalara con ella vagamente hacia arriba o como si nos señalara a todos. El gesto resultaba incomprensible pero había en él algo amenazador, y no se sabía a quién ni a que se refería… Un momento después, el alma, en un último esfuerzo abandonaba el cuerpo. Voló el alma, el cuerpo dejó de sufrir. La faz fue empalideciendo y recobró el aspecto de siempre; a los pocos minutos quedó imperturbable…”



Luis Alfredo Andregnette Capurro

miércoles, 4 de abril de 2018

Recordaciones


INGENIERO ARTURO JUAN BIGNOLI
(Cómo no hacer pericias desagradables al Sumo Poder)
  
El 29 de enero de este año falleció el ingeniero Arturo Juan Bignoli, deceso del que hubo escasos comentarios a pesar de la destacada labor profesional y docente que desarrolló.

Su curriculum es sumamente extenso, como después veremos, pero una de sus intervenciones que casi lo lleva del éxito al anonimato, fue como integrante de la reconocida terna de expertos en la materia (con los ingenieros Alberto Pupo y Rodolfo Danesi), convocada por el Secretario de entonces de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Alfredo Bisordi, que concluyó que la supuesta explosión provocada por el atentado terrorista en la Embajada del Estado de Israel, no era una explosión sino una implosión, es decir que el artefacto explosivo estaba colocado en la sede misma de la citada embajada.

El informe pericial era claro y categórico. Por el estudio de los restos, la forma en que cayó la estructura y la dirección tomada por los desplazamientos de los fragmentos de material, el explosivo estaba dentro de la Embajada.

Cuando la tinta del informe estaba todavía fresca se intentó minimizarlo y ridiculizarlo de la forma en que la prensa canalla y mercenaria sabe muy bien hacerlo. Plumíferos que conocían de matemáticas hasta la tabla del 3, de la noche a la mañana aparecieron como expertos en cálculo de resistencia y estructuras de hormigón y oponiendo pericias policiales hechas por algún subcomisario y un cabo 1º durante el insomnio de una larga guardia.

Una apretada síntesis del CV de Binoli nos dirá que era Ingeniero Civil (UBA, 1944). Fue Profesor Titular y Jefe del Departamento de Construcciones de la UNLP. Profesor Titular de Estabilidad en la Facultad de Ingeniería de la UBA (1960-85). Fue Decano de la Facultad de Ciencias e Ingeniería de la UCA (1974-84) y Rector de la Universidad Austral (1990-93). Profesor Honorario de la UBA y UNC y Emérito de la UCA. Integró el Directorio del CONICET (PK). Presidente de las Academias Nacionales de Ingeniería (2008-10) y de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (2002-04). Algunas de sus publicaciones son Análisis estructural (1968 y Primer Premio Nacional a la Producción Literaria en Tecnología y Producción en 1973). Obtuvo los Premios Bunge y Born a la Ingeniería del año (1978), Nacional a la Producción Científica en Ingeniería (1988), Centenario Ingeniero Enrique Butty (1988) y Fundación Alejandro E. Shaw (1990). Simultáneamente con su actividad académica realizó una importante actividad profesional, entre ellas el Puente del Complejo Zárate-Brazo Largo sobre el Paraná o el Complejo El Chocón-Cerro Colorado, quizás las obras de ingeniera más complejas e importantes del país.

La pericia aniquilaba por completo los libretos escritos por los Amos del Poder y observados temerosa y puntillosamente por sus alcahuetes del gobierno en aquella época y los que los siguieron en los gobiernos que los sucedieron.

La cosa terminó muy pronto, al Secretario de la Corte (A la Corte le correspondía competencia originaria por tratarse de una Embajada) Alfredo Bisordi, le aplicaron la vieja y vaticana técnica, “los clavos se sacan para arriba”, sacándoselo de encima con un ascenso a Juez de Cámara, después el kirchnerato lo obligó a jubilarse por que lo vieron impotable para sus propósitos. Y la pericia fue olvidada y cuidadosamente guardada “bajo siete llaves” como aconsejaba que debía hacerse con el sepulcro del Cid Campeador el masón español Cánovas del Castillo.

Hoy nadie recuerda la pericia. Al pie se consigna parcialmente un reportaje al Ingeniero Arturo Juan Bignoli aparecido en diario “La Gaceta” de Tucumán (https://www.lagaceta.com.ar/nota/6054/informacion-general/peritaje-sigue-generando-polemica.html), en su edición del 2 de mayo de 2002 donde, entre otras cosas, éste nos dice que de resultas de las conclusiones presentadas por los peritos fue acusado de “nazi y antisemita” y que la razón de la campaña injuriante y difamatoria que sufrió, junto a todos los demás involucrados en la pericia, se debió a que la Embajada de Israel “quería echarle la culpa a algún país islámico”.

Espero que estas pobres líneas mías, en reconocimiento de la honestidad intelectual del fallecido ingeniero Alberto Juan Bignoli, también sirva de provecho a los actuales peritos y a los que en el futuro puedan ser designados como tales. Antes de emitir ningún dictamen deben dirigirse a la Embajada del Estado de Israel y solicitarle instrucciones como debe hacerse el mismo y quienes deben ser señalados como culpables o directamente dejar que ellos mismos lo redacten y luego limitarse a suscribirlo, so pena de incurrir en sus temibles iras y ser sometido, por lo menos, a la invención gramática del hombre moderno: el adjetivo descalificativo. Los más terroríficos e inapelables son fascista, nazi y antisemita. El ingeniero Bignoli, gracias a Dios, uno y trino a la vez, se salvó por lo menos del de fascista. Si hubiera recibido todos no sabemos que hubiera sido de su vida, quizás hubiera terminado con un Nürenberg propio.

Francisco Aguirrezábal

martes, 3 de abril de 2018

En marcha


LA VIDA NO ES DEMOCRÁTICA

A través de la Comisión Episcopal de Comunicación y de la Comisión Episcopal de Laicos y Familia, fechado el 20 de marzo del corriente, nuestros pastores han dado a conocer un comunicado que contiene principalmente una consigna, mezcla informe toda ella de futilidad y de confusión.

Consiste la misma en que los feligreses de las tradicionales procesiones del Domingo de Ramos, a celebrarse este domingo 25 de marzo, porten junto a las proverbiales palmas u olivos, un cartelito por ellos mismos diseñados, con el lema “Vale toda vida”. Algo así como un todo por dos pesos o combo publicitario, ya que ese mismo domingo “se celebra el Día del Niño Por Nacer [ya no la Anunciación de María Santísima] y muchos participarán de diversas marchas organizadas por grupos de laicos que invitan a expresar la defensa de la vida por nacer”. De este modo –prosiguen los obispos‒ “acompañamos a quienes participan y utilizan el derecho a la libertad de expresión propio de la democracia”. Imperdible oferta litúrgico-cívica-demo-pascual y pluri-festiva. Ni el más irreverente sketch de cierto cómico local hubiera ido tan lejos en la parodia.

Séanos permitido expresar las siguientes reflexiones:

1) Si el apodíctico “vale toda vida” es una alusión a las vidas de la madre y de su hijo por nacer, es incongruente que los mismos obispos, con fecha 20-2-18 hayan emitido un emasculado informe aceptando el “diálogo democrático” sobre el aborto, a los efectos de “escuchar las distintas voces y las legítimas preocupaciones que atraviesan quienes no saben cómo actuar”, debiéndonos comportar durante el debate sin “descalificaciones, violencia o agresiones”. Los que no saben cómo actuar son los pastores, devenidos en ciegos que guían a otros ciegos (San Mateo, 15, 14): amenaza grave, según enseñanza del Redentor.

O el “vale toda vida” es una afirmación inconcusa, reservándose a quienes la nieguen el castigo canónico de la excomunión y el penal de la sentencia prevista para los homicidas, o es una afirmación relativa y mudable sometida al consenso de las multitudes. O el “vale toda vida” no admite discusión alguna, al punto de que dado su carácter cuasi sacro nos está permitido ahora repetirla como jaculatoria en la fiesta mayor del Domingo de Ramos; o es mera doxa intercambiable en los aciagos recintos parlamentarios. Sería como decir: “vale toda virtud”, y estar dispuestos a la vez a discutir la interrupción voluntaria de la justicia. O al que niegue el “vale toda vida” le espera el infierno por asesino; o por el contrario, le aguarda un escaño en el congreso para cotorrear sin “violencia ni agresiones”.

2) Parece que el “vale toda vida” tiene sus excepciones para los obispos. Por lo pronto, no importarían las vidas de los abortados, si la ley que despenalizara el crimen fuera el resultado del “derecho a la libertad de expresión propio de la democracia”, tras un diálogo institucional sin “descalificaciones, violencia o agresiones”. ¿Qué argumento esgrimir entonces si la ultima ratio mentada desde el comienzo es que se puede plebiscitar lo implebiscitable? ¿Y a qué viene andar de plañideras los Viernes de Pasión, si al fin de cuentas triunfó el “derecho a la libertad de expresión propio de la democracia”, que le permitió a los judíos elegir a Barrabás por sobre Jesús?

Otra excepción al “vale toda vida” serían los centenares de prisioneros de guerra muertos en las vengativas celdas del Régimen, tras largos años de particular saña, alevosía y crueldad. No hay un solo documento episcopal que repudie o siquiera llore o lamente esa “toda vida” militar tirada a los perros de la subversión dominante.

Tampoco el “toda vida” ha incluido –en un documento colectivo y público de los obispos‒ las vidas truncas de los tripulantes del San Juan o de las inúmeras víctimas del garantismo jurídico, con algunos de cuyos referentes mantiene la Iglesia cordialísimas ententes. Roma es hoy un desfile constante de activistas del terrorismo marxista, sin que Bergoglio –anfitrión aquiescente y contemporizador‒ les recrimine su responsabilidad en haber segado “toda vida” de sus oponentes.

3) Mientras el “vale toda vida” sea una homologación ontológica del común derecho a la existencia, nada habrá que objetar a la elemental aunque veraz sentencia que acaban de descubrir nuestras lumínicas y mitradas testas. Pero no estaría de más aclarar que hay otro sentido de la expresión, que no puede serle ajeno a un católico fiel.

Vale toda vida vivida al servicio inclaudicable de quien predicó “Yo soy la Vida” (San Juan, 14, 2-5). Vale toda vida que tenga la férrea decisión y el anhelo firmísimo de “perderla por Mí” para “hallarla” (San Mateo, 10, 39). Vale toda vida de quien ama y se ofrece incondicionalmente al “Pan de Vida bajado del Cielo” (San Juan, 6, 51). Vale toda vida vivida de tal suerte “que viva quede en la muerte”, según teresiana y bellísima expresión. Vale toda vida asumida como un acto renovado de servicio a la Verdad, al Bien y a la Belleza.

Y a riesgo de escandalizar a mojigatones sentimentalistas, no vale lo mismo la vida de quien elige la perversión o la iniquidad como norte. Porque la vida no es democrática sino jerárquica. Por eso es de Santo Tomás la enseñanza –pero puede hallársela antes y después de él‒ de que la vida criminal de ciertos hombres impide el bien común, así como la paz y la concordia social. Luego, dadas ciertas condiciones, circunstancias y requisitos, será legítimo quitar la vida de esos hombres (cfr. vg. Suma Contra Gentiles III, c. 146). Téngase a los aborteros convictos, confesos y prácticos entre esos casos de vida que no valen lo mismo que la de los hombres santos.

Tambien por otro motivo no menor es un desacierto fatal de los obispos este lema elegido. Por lo que el mismo entraña de igualitarismo axiológico vitalista. Porque el “toda vida vale” no puede aplicarse sin más distinciones a la vida de una yarará, de una planta carnívora, de un mineral y de un embrión humano. Parece que los efectos panteístas de la Laudato sí ya han empezado a dar sus tristes frutos.

¿Por qué los pastores callan estas verdades de a puño? Por lo que dijera en su momento Don Quijote: “bien predica quien bien vive”.

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Vale toda vida, dicen ahora nuestros funcionarios eclesiales, portando el cartelito en la mano, no precisamente con la reciedumbre con que alzara el Cid su Tizona. Vale toda vida, canturrean clérigos y monjas, exhibidos en impúdicos coros, más próximos a los de las carnestolendas caribeñas que a los angélicos. Vale toda vida, gritarán de consuno los católicos vergonzantes, desnaturalizando la Fiesta de la Anunciación y la del Domingo de Ramos, preludio del de la Resurrección. Pues no; no es esa la consigna recta. Vale toda vida ordenada al Autor de la Vida. Y malditos aquellos de quienes fue dicho: “Matásteis al Autor de la Vida” (Hechos 3, 15). Ayer, hoy y mañana.

La Patria anda necesitando una marcha por esta VIDA. Recia, viril, desafiante, alegre y jubilosa. Una marcha católica, mariana y argentina. Con el Cristo Vence como cabecera y vanguardia. Con María Reina como coraza y escudo. Con los santos y los héroes como patronos y heraldos. Una marcha donde no quepan los demócratas porque desfilan los cruzados. Una marcha a cuyo paso tiemblen los flojos, se arredren los sicarios, huyan despavoridos los fariseos y se den a la fuga los demonios de la cultura de la muerte. Una marcha izando palmas y olivos como si fueran arcabuces y tacuaras. Una marcha dominado el espacio con los pendones del Señor de los Ejércitos y atronando los ecos del alba con los sones armónicos del Salve Regina.

¡Danos Señor la gracia de marchar esta Marcha!

Antonio Caponnetto